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Acababa de ser comprada, aunque ella no sabía por quién: era una mandarina ciega.  En el mundo de los vegetales también pasan estas cosas, aunque casi nunca trascienda a los humanos.  El destino le había privado de la vista, pero tenía un sabor y un aroma que hacían que fuera especial entre el resto de las mandarinas.

Abrigada por una bolsa de plástico y sin poder ver hacia dónde se dirigía, pensó que su final estaba cerca.  Las palabras de su Hada Madrina resonaban ahora en su zumo: “Como fruta, estás condenada a una vida efímera.  Aunque no puedas ver, tu belleza interior te protege.  Y sólo serás comida por alguien que te valorará y será merecedor de tu pulpa y tu jugo”

Ya estaba en casa, en una confortable cesta cubierta por una cálida tela de cuadritos azules.  La gente era agradable en general, pero había dos seres que atrajeron su atención profundamente.  El gato se acercaba continuamente a ella; con su aliento cálido, hacía que se sintiese acompañada.  Marta era muy pequeña aún, no llegaba al estante donde ella estaba, pero la oía jugar a su alrededor.

Sabía que el gato no la probaría, así que empezó a pensar que sería Marta quien se la comería.  Esta idea le hacía realmente feliz.

Según decían las campanas del reloj, era medio día.  Algunas de sus compañeras ya habían desaparecido.  Pudo reconocer los pasos de una madre en busca de la mejor pieza de fruta para su hija.  Notó una mano suave.  La mandarina se despidió del gato, pensó en su Hada Madrina, cerró sus ojos de mirada perdida y suspiró.

Marta es, desde hoy y hasta el final de los días, mejor persona.