Cuántas anécdotas he vivido ya en el mundo del baloncesto.  Pero algunas las recuerdo con especial cariño.  Algunas las considero experiencias únicas.  Hoy quiero hablaros de cómo negocié, firmé y viví “el contrato de mi vida”.

Imagínate que te llama un antiguo compañero de trabajo con el que no has tenido una relación especial.  Ni buena ni mala.  Diferencias puntuales, valoración profesional por ambas partes, pero sin que dicha relación laboral pasase a la historia.

En esta llamada te invita a ver el entrenamiento de un equipo femenino de baloncesto.  Te pide tu opinión profesional y reconoces que no ves un equipo ganador.  Te ofrece mucho trabajo, nada de dinero y un total compromiso por parte de todo el equipo.  Como no podía ser de otra manera, aceptas el trabajo.

Ha sido uno de los años más enriquecedores de mi carrera profesional.  Desarrollar el talento de un equipo sin recursos económicos pero con un valor humano altísimo.  Aprendí a pasar frío, a trabajar sin descanso, a ser constante, a ser intenso, a ser cercano, a entrenar sin material, a no quejarme, a pensar siempre en mejorar.  Aprendí a ganar, a perder contra gente más preparada sólo para mejorar.  Aprendí a poner en duda lo que sabía y a confiar en las personas.  Por supuesto, aprendí muchísimo baloncesto.

El dinero no lo puede todo.  Quizás creo mucho más en el trabajo.  Al fin y al cabo, es lo que me ha traído hasta aquí y me ha rescatado de los momentos difíciles.  El contrato de mi vida fue gratis.

El deporte sirve para vivir experiencias únicas, aunque nunca pensé que pudieran ser tan trascendentales en mi vida profesional.

Muchísimas gracias a todas, equipo.   A ti también, entrenador.